EL IDIOMA DE LOS MUROS

“DE LA PARED DE LAS CAVERNAS A LA PARED DE LA FÁBRICA”

            He de reconocerlo, el título no es mío, no. Fue el artista y fotógrafo Brassaï (Gyula Halász 1899-1984) quien, en un artículo publicado en 1933 con este título en la revista Minotaure escribió: “El arte bastardo de las calles de mala fama, que ni siquiera despierta nuestra curiosidad, tan efímero que la intemperie o una capa de pintura borran sus huellas, se convierte en un criterio de valor. Su ley es formal, trastoca todos los cánones laboriosamente establecidos por la estética”.

            Este artista recorre durante largos y minuciosos paseos las calles de París y descubre que sus desnudas y envejecidas paredes forman la mayor galería de arte primitivo. Comienza primero dibujando los accidentes, las huellas del tiempo, los carteles rotos, los contrastes del frío y el calor. Será más tarde cuando se hace consciente de que la fotografía le permite retener mejor esos signos, rescatarlos del tiempo y del olvido, aislarlos de la pared, seleccionarlos, encuadrarlos y elevarlos a la categoría de obras de arte.

            Con el tiempo Brassaï irá realizando una labor de comentarlos y clasificarlos y así, aquellos grafitis se irán agrupando en diferentes categorías: proposiciones de la pared, el lenguaje de la pared, el nacimiento del hombre, máscaras y rostros, animales, el amor, la muerte, la magia e imágenes primitivas.

            Es desde aquí, desde ese punto, de donde parte mi propuesta de este proyecto fotográfico. Pienso que siempre necesitamos a algún artista que nos enseñe a mirar. Modestamente, he tratado de seguir la guía de Brassaï y de otros que se fijaron en los muros como el gran fotógrafo Paco Gómez.

            Desde hace ya unos cuantos años, recorro callejuelas y recovecos tratando de encontrar “paredes cochambrosas”, como decía este último autor, buscando las señales de quien estuvo una vez allí dejando su huella. Y siempre me pregunto qué es lo que le llevó hasta ese lugar, casi siempre de forma furtiva, como si fuera un refugio anónimo de los secretos más íntimos, donde depositar aquello que le oprime o le preocupa, todo eso que ya no se puede guardar más dentro de uno mismo y dejar un mensaje que otros nunca llegarán a comprender del todo. Además el paso del tiempo se encargará de ocultar tan preciado tesoro.            

Mi trabajo resulta precioso. Solamente debo escuchar a esas paredes silenciosas que me piden a gritos que no pase de largo y que recoja el testimonio de aquél que una vez estuvo allí, que lo guarde, que lo mire como a un espejo, que trate de entender y, a ser posible, sea rescatado de la desaparición a la que está condenado.